Socialismo


Vivimos anhelando el descanso, pero cuando por fin llega, el descanso nos mata. Reclamamos una “justa distribución” de la riqueza, pero olvidamos que mucho antes de repartirla, a la riqueza hay que crearla; y que a nadie le interesa producir nada, bajo la perspectiva de que se lo quitarán. Pontificamos contra el egoísmo, pero nuestros ojos están obsesivamente fijos en los bienes ajenos. Nos salteamos alevosamente el mandamiento de “no codiciarás”, y con soberbia proclamamos que ahora es el expolio, nuestro ideal. Todos echamos airados lodos contra la telebasura, y en eso estamos de multitudinario acuerdo, y sin embargo sus programas siguen punteros en audiencia. Denostarla a voces y consumirla en recogido silencio: eso es hipocresía.

Cada cual piensa que “la sociedad” está enferma, que “la sociedad” tal, “la sociedad” cual, que “todos somos responsables” de esto y aquello; pero al así pontificar, cada cual se borra a sí mismo de la cuenta: “la sociedad” son los demás; “todos” son todos menos el propio iluminado que predica su sermón. Y como “todos” no es nadie en particular, y “la sociedad” como entidad independiente, identificable y responsabilizable no existe, los presuntos “problemas sociales” persisten como buena excusa para los prepotentes de turno, que en nombre de sus “buenas intenciones” nos expolian y oprimen sin piedad, y pretendiendo arreglar los viejos crean montañas de problemas nuevos.

Pero, impenitentes inveterados, proclamamos de inmediato que hay que cambiar los ejecutores, y darle a la idea una nueva oportunidad. Porque nuestra arrogante superioridad moral nos impide reconocer que nos hemos equivocado, que hemos construido un nuevo becerro que ni siquiera es de oro, si de puro aire y promesas vanas.

Cuando la bondad se impone a punta de pistola, se convierte en cicatería. Cuando el altruismo es obligado bajo la bota del comisario político, se convierte en apatía, desánimo e inacción. Pero el fallo no está los ejecutores; no es que estos sean corruptos, y que otros mejores lo harán mejor. Es que no se puede combatir el alma humana sin destruirla. Y es que si destruyes el espíritu humano, aunque lo llames ideal, lo tuyo es misantropía. Y ninguna sociedad perfecta surgirá de tal ruina, sino una masa informe de fantasmagóricos autómatas grises, esclavos sumisos y temerosos que aunque sonrían por obligación, desconocen qué es la felicidad.

Una sociedad sin quejas es una sociedad aniquilada, aplastada, destrozada y sin vida. Porque el hombre mientras vive aspira a más, y mientras aspire a más, estará siempre disconforme. La conformidad impuesta es la muerte espiritual: por eso los infiernos de miseria vilmente sometidos por los látigos de un puñado de rufianes, son “punteros” en esos amañados “índices de realización humana”.

Y esto pasa porque hemos hecho de la envidia, ese vicio mortal que corroe las entrañas y destruye la vida, una virtud bajo cuya enseña nos aglutinamos. Utilizamos nuestra libertad para combatirla, y así la vamos reduciendo día a día, pero no cejamos. Tenemos ya cantidades de Imperios de las Botas y los Látigos, pero no estamos conformes: queremos más. No para nosotros, sino para los demás. Si los quisiésemos para nosotros, nada más fácil que trasladarnos a esos paraísos de la humanidad gris, miserable y aplastada. Pero no: los queremos para el vecino, a condición de que el látigo lo esgrimamos nosotros. Porque a nosotros atañe imponer, porque somos nosotros y no ellos los idealistas, los concienciados, los amos de la superioridad moral. Porque así es el envidioso: pedirá feliz que le amputen un ojo, si a cambio al vecino le arrancarán los dos.

Escuchaba a Julio Sosa interpretando a Enrique Santos y me pregunté qué diría el maestro pues, si tuviese que describir nuestra época. Y es así como nació esta abrumada reflexión… Aunque me dejé mucha tinta en el tintero.

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Tres autores, tres disciplinas, tres enfoques

 

Hoy tengo el placer de presentaros a tres autores de entre los cuales, quizás por lo menos un par os resultan desconocidos: Max Hastings, Sebastian Haffner y Ludwig von Mises. El primero es un periodista británico consagrado a la investigación histórica, el segundo es un abogado socialdemócrata alemán exiliado en el Reino Unido durante la era hitleriana, y el tercero es un economista austríaco de origen judío, emigrado a los Estados Unidos a consecuencia de la expansión hitleriana.
En principio, a los tres preocupan las mismas cuestiones que presumiblemente nos preocupen a todos: ¿realmente fue provocada por el atentado en Sarajevo?, ¿o hubieron causas más profundas y graves?, ¿podía evitarse?, y en tal caso, ¿quiénes debieron hacer qué a fin de evitarla? Y finalmente, ¿quién carga con la mayor cuota de culpa?

Hastings_1914
Si se quiere contar con un panorama general, lo mejor será empezar leyendo a Max Hastings; ya que su libro “1914, el año de la catástrofe” es muy exhaustivo: sigue el día a día en todos los frentes (es decir: diplomático, político, doméstico y militar de las diversas potencias y naciones implicadas). Por otra parte y como bien lo indica el título de la obra, no esperéis un relato de la Guerra hasta su final en 1918: Hastings se limita pura y exclusivamente a 1914, desde antes del atentado (¿cómo y por qué llegó el archiduque hasta allí?) y hasta las últimas batallas de aquel año fatídico.
Es particularmente interesante el empeño que pone Hastings en mostrarnos lo que sucedía en el frente doméstico, o incluso en el frente militar a nivel de los combatientes implicados: cómo los meros soldados de la tropa o las simples amas de casa vivieron y sufrieron la guerra, sus horrores y estrecheces. Con un poco del sentido humano básico de la solidaridad o empatía por nuestra parte, podemos casi revivir la época mentalmente. Posiblemente se trata de su ventaja como periodista, ya que su famoso colega, Laurence Rees posee la misma virtud: puesto a reconstruir la Historia, no se fija solamente en las grandes personalidades que manejaron los hilos de la política o la guerra, sino en las personas comunes y corrientes del montón, aquellos que para los líderes eran desdeñables números en sus estadísticas, pero que para nosotros son los seres humanos de carne y hueso que debieron pagar por los delirios de grandeza de sus circunstanciales amos.
Hastings nos revela pues que no era imprescindible que el Archiduque viajara a Sarajevo aquel verano. Se habían recibido suficientes advertencias alarmantes como para cancelar la visita o cuando menos, adoptar todas las medidas de seguridad que no se adoptaron. Continuar adelante con la visita y en tal temeraria desprotección fue un acto de irresponsabilidad imperdonable. Pero incluso tras el atentado, la guerra seguía siendo perfectamente evitable. Fallaron los intentos diplomáticos; de hecho no hubo demasiada voluntad diplomática que digamos. Pesaban más las decisiones de los generales que las de los políticos, e incluso más que las de ambos Emperadores. Para peor, todos estaban seguros de tener una victoria fácil y con copioso botín al alcance de la mano. Luego, ¿para qué perseguir la paz?
Pero la guerra arruinó a todos, tanto vencedores como vencidos, y lo hizo con brutalidad desde el principio. Tal es el panorama que nos pinta Hastings. ¿Y el principal responsable? Las potencias centrales, por supuesto. Principalmente Alemania, pero también Austria que fue la iniciadora del alud. En ese sentido, Hastings lamenta especialmente la muerte del Archiduque: en su opinión, era la única persona realista y pragmática en la jerarquía austríaca cuya opinión podría haber servido de contrapeso al militarismo imperante. ¿Quién sabe? Quizás por eso su queridísimo tío se apresuró tanto en enviarlo a aquel volcán en erupción que eran los Balcanes…

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Haffner escribe su libro “Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial” en 1964, o sea mucho después de terminada la Segunda Guerra, cuando ya no caben dudas de las nefastas consecuencias de una y otra conflagración y cuando además, ha habido suficiente tiempo como para analizar los hechos y sacar conclusiones. Vale: las suyas son críticas a toro pasado, pero cualquier libro de Historia o reflexión sobre la misma se escribe después de los hechos. Más triste sería no detenerse a pensar jamás, seguir adelante a ciegas sin repasar la historia ni sacar las conclusiones pertinentes… Por otra parte, Haffner no es sospechoso de haber sido conformista: posiblemente su gran disgusto con “la manera alemana de hacer política” le venía desde lejos.
Haffner es un alemán “ario” de ideología socialdemócrata, que mantenía un romance con una mujer judía cuando el régimen hitleriano ascendió al poder. A diferencia de la inmensa mayoría de los varones arios contemporáneos, en lugar de quitarse el problema (es decir a su judía) de encima, permaneció fiel a su amante y emigró con ella a Inglaterra. Una vez allí se dedicó al periodismo, es decir a la propaganda antihitleriana de guerra, y se cambió el nombre a fin de evitar represalias a sus familiares que permanecían en Alemania. No obstante lo cual, regresó a su país a mediados de los ’50. Es decir, tampoco era un “antipatriota”. Por el contrario, da la impresión de amar a su país (quiero decir “a sus conciudadanos”, ya que el país es la gente, no el territorio) y de lamentar sobremanera los extravíos en que incurrió en el pasado, no solo a causa de la desastrosa conducción política de los dirigentes, sino también debido al inveterado desentendimiento civil por las cuestiones políticas que Haffner achaca a sus compatriotas de entonces.
Llegados a este punto de la reseña, supongo que es ocioso señalar que para Haffner, el principal responsable de la Guerra fue el desaforado y bravucón militarismo expansionista del imperio alemán. Un militarismo que según el autor, hunde sus raíces cuando menos en el período de Bismark. Y que encegueció a la cúpula militar a tal punto, que la condujo a cometer siete gravísimos errores, tan imperdonables que Haffner los considera “pecados”.

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Y por último, veamos qué novedad nos puede aportar un economista…
La economía es la ciencia de la actividad humana. ¿Se puede analizar cualquier suceso histórico a fondo, pasando por alto sus aspectos económicos, desde las causas hasta las consecuencias? ¿Sería un análisis completo? Yo pienso que no. Por eso es tan relevante el libro de Ludwig von Mises, “Nación, Estado y Economía”.
Escrito en 1919, no es en absoluto “a toro pasado”, ya que Mises pasó la Guerra como asesor económico en el Ministerio de la Guerra, sosteniendo las mismas opiniones que al final plasmó con su acostumbrada meticulosidad argumental en su libro, que además constituye la más temprana advertencia que me conste, haya realizado nadie respecto a dónde conducían ciertas políticas: Mises nos pone sobre aviso respecto de la próxima dictadura militarista alemana y la guerra mundial que todavía le seguiría, incluso antes de que Hitler se dedicase a la política. Vale decir que podría haber sido él como cualquier otro: los síntomas estaban presentes, a la vista de cualquier analista honesto y sagaz. Y Mises fue ambas cosas.
En este trabajo, Mises señala por sus nombres a tres males principales (amén de otros varios): el nacionalismo opresor por una parte, el proteccionismo arancelario y el intervencionismo estatal.
El Reich Alemán y todavía más el Imperio Austrohúngaro eran megaestados multinacionales. Eso generaba continuos conflictos internos, pero no por la multi-etnicidad en sí, sino por las políticas prepotentes de “Kulturkampf” pangermanista de los Gobiernos centrales. Estas políticas se traducían en una opresión continua de las “minorías” étnicas y religiosas, a las que se discriminaba abiertamente, se les imponía una enseñanza oficial obligatoria deliberadamente dirigida a “germanizarlos”, se les impedía de diversos modos la expresión en su lengua materna, etc.
El auge destructivo de los nacionalismos europeos de finales del S. XIX y del S. XX se podría haber mitigado en gran medida si los Estados hubiesen evitado entrometerse en absoluto en la vida cultural de sus súbditos. En principio, las minorías no habrían tenido por qué sentirse especialmente oprimidas si cada ciudadano hubiese tenido los mismos derechos y obligaciones que los demás, si sus creencias, costumbres e idioma hubiesen sido un mero asunto privado completamente irrelevante en la vida política, con los cuales ningún Poder monolítico y opresor se entromete. Si la ley es imparcial para todos, si el Gobierno no interfiere en la vida privada de los ciudadanos y les deja hacer a placer mientras no invadan el derecho ajeno, y si las tasas son moderadas y ecuánimes; ¿a quién cuernos importaría el detalle de si sus impuestos se los paga a un luterano que habla alemán, o a un católico que habla checo?
El proteccionismo aduanero o arancelario, con sus trabas burocráticas y su establecimiento artificial de los precios al alza, perjudica gravemente a las clases más desfavorecidas y, en general, acaba por empobrecer al país. Solo ganan con ello el par de monopolistas locales conchabados con un gobierno cada día más corrupto, quienes obtienen un mercado cautivo garantizado por la fuerza policial, y se lucran desmedidamente a cambio de pésimos productos o servicios que no resistirían la competencia honesta en un mercado abierto. Las economías nacionales se resienten, hay escasez, desempleo e inflación, y a la postre en palabras de Mises: “cuando los productos dejan de cruzar las fronteras, lo harán los ejércitos”. Las naciones acaban intentando conseguir por la fuerza de las armas aquellos recursos vitales que ya no pueden obtener mediante el comercio pacífico. En esta mentalidad de “nacionalismo económico” a ultranza, hunde sus raíces la famosa obsesión alemana por el “Lebensraum” que desembocó fatalmente en ambas contiendas mundiales.
Pero ese proteccionismo es a su vez la consecuencia inevitable de un intervencionismo económico estatal anterior, que mina la competitividad de las economías nacionales frente al mercado mundial pero que, al no querer renunciarse a ella, se intenta mitigar sus consecuencias mediante el cierre de las fronteras. El pueblo llano, desconocedor de las leyes económicas, se tranquiliza con la idea de que su Gobierno “hace algo”, de que por lo menos aquel lo “protege” de la perversa “voracidad” del demonizado “mercado global”. En realidad, estos gobiernos intervencionistas y proteccionistas conducen a sus pueblos gradualmente a una miseria mayor. Y como la pobreza genera malestar social, hay que salir a buscar un enemigo sobre el cual descargar las iras populares: lo más fácil y eficaz es buscar al enemigo afuera o, si se carece del suficiente poderío militar, señalar en el interior un presunto enemigo minoritario y débil, al cual se pueda oprimir y expoliar sin temor a represalias.
Lo que Mises nos enseña a lo largo de su temprano análisis político-económico de la situación europea en 1919, es que de hecho no estamos en absoluto a resguardo de nuevas conflagraciones monstruosas y genocidas como lo fueron las dos Guerras Mundiales. Ya que las políticas económicas y sociales de la práctica totalidad de los países del mundo siguen siendo, a la fecha, harto similares a las que, según su sagaz análisis, causaron los desastres del siglo pasado.

En esta oportunidad, me complazco mucho en daros a conocer un historiador alemán fuera de lo común, controvertido sin par, honesto y temerario como pocos nos ha dado la disciplina histórica: Götz Aly.
Desde nuestro primer encuentro en su primer libro editado en Español, “La utopía nazi”, me impresionó mucho y muy positivamente: lo que Aly desentraña a lo largo de su intensiva exposición de las fuentes documentadas recopiladas en todos los países europeos que de una u otra manera, cayeron bajo la esfera de influencia o el control alemán hitleriano (con la propia Alemania a la cabeza, obviamente), es de qué manera se sostuvo hasta agotar sus recursos, un sistema eminentemente socialista de expolio y reparto del botín.
Aquel libro de Aly, huelga decirlo, levantó ampollas por doquier: era un crudo retrato del Rey Desnudo en toda su grotesca desnudez. Yo misma coseché vituperios a granel cuando, allá por el 2007, me atreví a dedicarle un Post de análisis en mi primer y fenecido Blog.
El siguiente libro suyo que me tocó leer, no hizo sino aumentar mi admiración por él. Este solitario e idealista Quijote “ario” de la Historia, decidió dirigir su artillería contra un tema que sigue siendo tabú en la Alemania contemporánea: la participación cómplice y en ocasiones colaborativa de la sociedad de la época, en el programa de eutanasia hitleriano. En “Los que sobraban”, Aly mete el dedo en una llaga que continúa abierta por el simple hecho de que hasta ahora ha sido negada.
En su opinión, no existe alemán que no tenga entre sus parientes, los de sus amigos o los de sus vecinos, algún miembro “ario” eliminado en aquellos años por haber sido hallado “no apto para la vida”. Él mismo sabe de un caso en su propia familia. Se trató de una horrenda agresión del pueblo alemán en contra de sí mismo: por eso duele más, por eso es más difícil de asumir, por eso no se asumió y la herida continúa sin reconocer y por ende, sin curar.
Pero el libro que os traigo hoy en particular es el último que conseguí leer. Anterior al de la eutanasia, no pude conseguirlo en su momento pese a que intenté encargarlo en numerosas oportunidades. Yo llegaba siempre tarde, cuando ya estaba agotado. Así pasó un año y otro, ya había perdido la esperanza de conseguirlo, hasta que mi librero, en tren de retirarse del negocio, me envía un correo-e comentándome que el libro se acaba de reeditar, y si “quizás me interesa”. Pues sí, obvio, lo encargué en el acto, y él alcanzó a recibirlo en los últimos días previos al cierre. De modo que helo aquí:

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Libro: “¿Por qué los alemanes? ¿Por qué los judíos?”
Autor: Götz Aly
Editorial: Crítica, Barcelona, 2015 (tapa blanda)
Enlace Web: http://www.planetadelibros.com/por-que-los-alemanes-por-que-los-judios-libro-197947.html

Quizás no sea la más rigurosa de las obras de Aly en el sentido metodológico: la amplitud y el trato de las fuentes es muy diferente a sus otros trabajos. De hecho, más que un libro de Historia, es un libro de Reflexión sobre la Historia. No trata de ser otra cosa, y como tal debe leerse y reflexionarse a su vez. Y en consecuencia, sirve para pensar no solo en el caso alemán, sino en otros eventos históricos similares en diversos lugares y épocas, que comparten el mismo letal trasfondo corrosivo de lo que él llega a identificar como el principal motor de la masacre: la envidia.
Este es un libro al que conviene allegarse contando con un conocimiento lo más amplio posible de los acontecimientos aludidos, ya que él no los narra: los analiza dándolos por sabidos. Quizás será muy útil complementarlo además con otro enfoque, también profundamente reflexivo, de Carl Amery: “Auschwitz, ¿comienza el S. XXI?”. Amery es otro alemán “ario” de posguerra que trata de entender, más allá de los clichés, el enorme crimen masivo que su nación cometió en aquel entonces. Sin embargo, lo que más preocupa a Amery es la plena vigencia, difusión y aceptación actual de ideologías y métodos íntimamente emparentados con los causantes las grandes masacres del S. XX. En palabras del propio Amery:

“Pol Pot compartía decididamente la opinión de Hitler. Stalin y Mao Tse-Tung seguramente también, aunque no lo admitiesen, pero sus métodos iban en la misma dirección… Drácula sigue vivo bajo los escombros del sótano. O bien deambula cual fantasma con nuevos disfraces… Y la aprobación expresa o tácita siempre se produce en el marco de una componenda…: libertad y dignidad contra seguridad… Auschwitz fue… una anticipación aún primitiva de una opción posible del siglo que comienza.”

Götz Aly, presumiblemente sin haber leído a Amery (no lo cita entre sus numerosas fuentes), da un paso más allá de la similitud ideológico-metodológica existente entre las diversas doctrinas despóticas, liberticidas, colectivistas y genocidas del expolio y el reparto del botín. Señala por su nombre al vicio humano primitivo que las sustenta, que provee a esos monstruos enemigos de la Humanidad, de continuos y abundantes adoradores incondicionales en el mundo entero: el nefando pero universal defecto de la envidia. Es la envidia, incluso más que el odio, la raíz de todos los males. Ya que la envidia es el explosivo combustible de ese odio. En palabras de Aly:

“La envidia destruye la convivencia social, mina la confianza, provoca agresividad, promueve el imperio de la sospecha e induce a las personas a aumentar su autoestima humillando a los demás… Los envidiosos se autointoxican, están cada vez más insatisfechos y se vuelven todavía más hostiles… El éxito ajeno les consume… Se erigen a sí mismos en seres decentes y moralmente superiores… El envidioso no aspira a imitar al envidiado… sus energías las dirige a la destrucción de la felicidad ajena.”

Ahora bien: dado que la envidia no es ningún defecto privativamente alemán, sino común a la naturaleza humana universal; debemos enfrentarnos al incómodo hecho de que, a pesar de la traumática sacudida que constituyeron las multitudinarias masacres cometidas durante la WW-II en todos los frentes, no somos en absoluto inmunes al virus de la destrucción genocida. De hecho, masacres masivas se han cometido con frecuencia en el pasado remoto, se siguieron cometiendo durante el siglo XX en los regímenes carniceros arriba mencionados por Amery y en muchos otros, y se siguen perpetrando por doquier, aunque la prensa calle la mayoría de ellos y, por ende, tendamos a olvidarlos.
Es triste concluir que tanta sangre inocente haya sido derramada en balde, porque nadie haya aprendido nada en ninguna parte todavía. Nuestro compromiso personal ha de ser pues, permanecer siempre en guardia: y jamás pero jamás apoyar con la presencia, la voz o el voto a ninguna ideología fundamentada en la envidia, que lo son todas aquellas que en la práctica, propugnan el expolio y el reparto del botín. Así sean predicadas mediante los discursos más floridos.

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Nunca, pero nunca soñé que disfrutaría tanto leyendo un libro sobre un suceso de la Historia Universal salido de la pluma de un autor español, y a semejante nivel. En la misma línea en boga las últimas décadas, de los periodistas que se dedican a la Historia con muy buen tino, como son Max Hastings o Laurence Rees (y otros) entre mis favoritos, no solo que Pedro J. Ramírez puede situarse sin desmedro en su honrosa compañía, sino que en mi opinión, incluso los supera por lejos.
El libro de Ramírez, pese a abarcar los sucesos acontecidos a lo largo de apenas cinco meses (desde el primero de Enero hasta el final de Mayo de 1793), es tan exhaustivo que consta de unas 1090 páginas de texto principal, más 160 páginas de notas interesantísimas; a lo largo de las cuales el autor va siguiendo y describiendo los sucesos al detalle, prácticamente minuto a minuto, mejor que si fuese un cronista contemporáneo. Incluso antes de leer sus fuentes citadas al final, en cada línea se aprecia que ha realizado una monumental labor de investigación previa, buscando y recopilando la información en todas las fuentes primarias disponibles; como ser las actas de todas las asambleas (Convención, Jacobinos, Cordeleros, Ayuntamiento, etc), la producción editorial de todos los periódicos de la época, de unas y otras tendencias, más las memorias de todos aquellos participantes del drama que pudieron o tuvieron a bien redactar sus memorias. Ha leído también a los más grandes analistas del período en cuestión, cuyas opiniones cita en ocasiones, a veces para argumentar contra ellas a continuación, en cuyo caso ganamos un par de enfoques analíticos diferentes.
No obstante, lo más habitual es que el autor se limite a desglosar los hechos, y ya nosotros mismos decidiremos formarnos nuestra opinión personal. Ganamos entonces la ventaja de que podemos opinar una vez que hemos visto expuesta la baraja al completo sobre la mesa. Lo que se llama opinar con fundamento.
Tengo muchos libros de Historia escritos por autores españoles; pero tengo que decir que al final son algo cansinos, ya que es muy raro sacarlos de España. Quiero decir: se suelen limitar a la historia local exclusivamente, regla tediosa que suele incluir hasta a los mejores autores, los más serios e interesantes, con contadísimas excepciones. Lo que significa que los autores españoles que honran mi biblioteca, están allí para ofrecerme títulos sobre aquellos aspectos de la historia española por los cuales me he interesado: como ser las expulsiones de judíos y musulmanes, la inquisición, la semana trágica, la segunda república, la guerra civil, y el período franquista. En cambio, al buscar material sobre temas de historia universal: como ser historia de la China imperial, de la URSS, Mao, la Segunda Guerra Mundial, etc, etc, etc, en esos casos es casi obvio que deberé leer libros traducidos de otros autores, en ocasiones franceses o alemanes, más generalmente británicos y norteamericanos. Ellos son más proclives a interesarse por todo sobre todo, lo mismo yo, no se encierran en su propia y encorsetada historia nacional. Por eso, además que por su nivel impresionante, es que Pedro J. Ramírez me ha sorprendido tan profunda y gratamente con este libro. En síntesis, deberé didicarle el mejor elogio que un Ratón de Biblioteca puede dictaminar sobre un libro: lo leí sobre ascuas, era muy difícil interrumpir la lectura, es de esos libros que te atrapan hasta el final, pero cuando por fin los concluyes, lo sientes como una pérdida y te dices: “¡qué lástima que no siga más!”
Pues eso: dado que el libro, muy merecidamente, va ya por su quinta edición, yo espero que eso estimule a su autor y nos dedique una continuación. El tomo siguiente con el “y qué pasó después”.

Yanushka era un huérfano de la guerra cuando llegó a la granja, solo pero no desamparado. Se tenía a sí mismo: a sus nueve años era de esa clase de niños madurados precozmente, muy resuelto y dueño de sí.
Le asignaron sus tareas como a todos los demás, y se abocó a cumplirlas con esmero. Pero casi de inmediato notó que el trabajo… no solo el suyo sino en general: el trabajo de aquella granja era desesperadamente ineficiente. Y no necesitó pensarlo mucho para encontrar la causa: ¡faltaba un tractor! ¿Cómo realizar las labores granjeriles sin tractor?
¡Pero había un tractor! No importaba hacia dónde se dirigiese, Yanushka siempre lo veía allí, contrastando contra un fondo de malezas ralas del camino desgreñado: rojo y con vetas de óxido, pero imponente en su apariencia de sólida mecánica.
-Déjalo, jovencito. No funciona –le desanimó con cansada apatía uno de esos típicos viejos del lugar, la clásica cáscara gris y agrietada que parece moverse apenas sí por inercia, porque alguien le dio un pequeño empujoncito en el día de nacer.
Pero al tercer día de su estancia en la granja, Yanushka decidió comprobarlo por sí mismo. Su padre le había enseñado a conducirlos, así que se encaramó al tractor con la agilidad del experto, lo puso en marcha y el rojo armatoste le respondió. ¡Sí funcionaba! Yanushka sentía que tocaba el cielo con las manos. Se puso a recorrer la granja, victorioso sobre su enorme y ruidoso tractor rojo. Pero cuando quiso aparcarlo comprendió por fin la apática objeción del viejo: aquel monstruo era incapaz de detenerse.
-¡No tiene frenos! –Se dijo Yanushka con espanto- Si no consigo frenarlo, mataré a alguien o me lastimaré yo.
Sin embargo, enseguida encontró la solución: por supuesto, a partir de ahora evitaría acelerarlo. Pero además empezó a conducirlo por terrenos accidentados, de modo que los obstáculos del camino lo fuesen deteniendo gradualmente. Al final, con paciencia no exenta de tensión contenida, lo consiguió. Se apeó de inmediato y salió en busca de un mecánico…
Pronto y sin necesidad de alejarse demasiado, lo encontró en su propia granja. Pero, para su decepción, al instante constató que aquel no estaba por la labor. ¿Para qué molestarse? Aquí, cada cual tenía una limitada y restringida asignación de responsabilidades, un cupo mínimo que cumplir al cual se atenían. Nadie movía un dedo por hacer nada adicional. Y a él no le pagarían ni un centavo de más por reparar los frenos del tractor. Luego, ¿para qué molestarse? Pero si Yanushka le pagaba, entonces lo haría con gusto.
No. Yanushka no podía pagar. No tenía con qué hacerlo. No tenía nada, salvo las migajas de pan, la sopa amarga y el frío alojamiento que le daban a cambio de su trabajo, como a todos los demás. Y además, ¿por qué debería pagar él solo y de su propio esfuerzo, algo de lo que posiblemente, de inmediato se aprovecharían todos los demás? De súbito entendió el secreto de la supervivencia: limitarse a las tareas asignadas, cumplirlas con lo justo y holgar a continuación. Porque cualquier esfuerzo adicional que hiciera no redundaría en beneficio propio, sino que serviría para alimentar a los infaltables enjambres de parásitos merodeadores procedentes de la ciudad. Trabajara mucho o poco, a él no le darían más que su cupo establecido. Luego, no valía la pena esforzarse más.
Así fue como Yanushka, huérfano de la guerra, en la gran batalla emprendida por el régimen contra el espíritu humano, perdió. No ya los frenos, sino el motor. Y a su precoz edad de nueve años se transformó en un tierno calco de aquel viejo gris y ajado, uno de esos seres que se mueven apenas sí por inercia, porque alguien les dio un pequeño empujoncito en el día de nacer…