Historia


Haciendo memoria:

El último reino musulmán de la península ibérica se rindió el 2 de Enero de 1492. Los judíos, que habían cooperado activamente con los cristianos en su labor de reconquista, fueron expulsados de los reinos españoles el 10 de Agosto de 1492. En cambio los moriscos, quienes constituían una población díscola y quintacolumista, fueron expulsados de los reinos de España recién en 1613, entre grandes muestras de conmiseración general. La prolongada tolerancia demostrada por España hacia sus problemáticos moriscos, constituye la mayor acusación contra su brutal e infundada intolerancia para con sus sumisos judíos.

 Más recientemente:

“Eichmann se quejó repetidamente ante el tribunal de Jerusalén, de que no había habido ni un solo país que estuviera dispuesto a aceptar sin más a los judíos; y esto, solo esto, fue la causa de la gran catástrofe. (¡Como si aquellos estados nacionales europeos, tan refinadamente organizados, hubieran podido reaccionar de un modo distinto, en el caso de que cualquier otro grupo de extranjeros hubiera llegado al país, como una horda de individuos sin un céntimo, sin pasaporte y sin conocer el idioma nacional!)” (Hannah Arendt, “Eichman en Jerusalén”, Cap. IX)

La señora Arendt daba por válido pues, el mezquino argumento esgrimido por las naciones “civilizadas” durante la Conferencia de Evian. Sin embargo, la reciente invasión de “refugiados” musulmanes (mucho más que una “horda”, y muchos menos adaptados al estilo de vida europeo que el puñado de judíos alemanes de que se trataba cuando dichos países se negaron en rotundo a recibirlos) echa a tierra por fin, tan mendaz como falsa excusa. Una vez más, la magnánima tolerancia de los europeos para con los inadaptados musulmanes que invaden sus países y se comportan con prepotencia y desdén para con sus anfitriones, constituye la mayor acusación contra su brutal y genocida persecución de sus pacíficos judíos.

De hecho, una cosa trae la otra. Una y otra vez, tanto hoy como ayer, las naciones occidentales escogen solidarizarse con los musulmanes como modo extremo de expresar su rechazo a los judíos. Ayer fueron a la guerra total, se mataron y destruyeron a sí mismos de la manera más monstruosa imaginable, en aras de su antijudaísmo. Hoy, sumidos en un invierno demográfico sin precedentes, rematan su suicidio cultural decidiendo que los más idóneos para heredar el viejo continente, son sus queridísimos hermanos musulmanes. Les aguarda una vejez indigna, pues a medida que la población europea original vaya reduciéndose y debilitándose, y la población musulmana reciente vaya aumentando y fortaleciéndose, lo obvio y natural será que los últimos impondrán sus leyes por la fuerza. Y esas leyes, hoy por hoy, significan que el infiel debe someterse o morir.

Europa se halla a un paso de pagar sus crímenes milenarios. Lo hará por propia y deliberada decisión. Y no habrá quién llore su desgracia.

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Contrariamente a lo que me suele suceder, en esta ocasión tuve la grata oportunidad de ver la película primero, y leer el libro después; lo cual constituye sin lugar a dudas el orden más provechoso. Cualquier lector empedernido sabe que ver una película tras leer su correspondiente libro es receta segura para la decepción. Tanto más tratándose de una peli tan deprimente…

El drama se desarrolla en la baja edad media, y trata de reflejar las inquietudes de su época. Su héroe, un Baskerville sin sabueso y en el papel de proto-Sherlock (es evidente que Eco admira a Doyle, y ha recreado incluso a Watson en su novicio “Adso”, nombre abreviado de pronunciación harto similar), es sagaz en su método criminológico-detectivesco, pese a lo cual no deja de estar lleno de dudas en los aspectos teológicos. Que son a mi entender, el tema principal del relato. Quiero decir, que la trama de crímenes misteriosos y la lenta marcha hacia su resolución no son sino una excusa, como un lienzo sirve de base para pintar un paisaje sobre él.

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¿Cuál es el límite entre la herejía y la santidad? ¿Quién lo establece? ¿En base a qué? ¿Movido por qué intereses? ¿Es la risa buena o mala? ¿Es lícito dudar? ¿Y qué lugar deben ocupar la razón y la lógica en el proceso del conocimiento humano? ¿Son obsequios divinos que debemos utilizar con gratitud, o meros escollos que nos impiden alcanzar una fe pura y sin mácula? Además, ¿qué es satánico y qué es divino? O como lo diríamos nosotros, ¿quién es bueno y quién es malo? En suma, ¿con quién está la justicia?

En nuestra era de descreimiento y relativismo moral, estas nos parecerían ociosas discusiones bizantinas; pero recordemos que por entonces eran considerados asuntos sumamente serios que atormentaban a los monjes, tanto al personaje principal como a sus rivales, los cuales debaten y esgrimen sus argumentos con una vehemente agudeza no exenta de acritud.

Pero amén de las cuestiones directamente planteadas por los eruditos en sus escolásticos debates, hay otras más profundas que el lector puede percibir intuitivamente en el fondo. Como la cuestión del poder, la autoridad, la jerarquía, los métodos mediante los cuales se imponen aquellos, y su licitud o ilicitud. Es especialmente patente en el tema del miedo: ¿cuál es el objeto de aterrorizar a una población harto sufrida, con escabrosas escenas de presuntos castigos infernales? Y este método de amedrentamiento mediante la promesa de castigos “espirituales” futuros o la amenaza de castigos presentes palpables y físicos (léase, procesos y hogueras inquisitoriales), ¿realmente este método consigue a la larga sus fines declarados?

Alguien en esta abadía ha usurpado por la fuerza, la autoridad de decidir y gobernar sobre las conciencias ajenas, recurriendo a artilugios materiales cuestionables cuando la amenaza de castigos espirituales fracasa en mantenerlos alejados de la fuente de la duda, la risa y el conocimiento “herético”. Quien busca acceder a la ciencia “prohibida” (prohibida por este siniestro usurpador), se expone a tener visiones espectrales rayanas en la locura y a sufrir una muerte macabra. Lo que en última instancia, nos compele a reflexionar acerca de la locura.

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¿Qué es la locura?

Yo no soy ninguna experta en nada, sino tan solo una lectoaficionada (aficionada a la lectura). Pero en base a lo que llevo leído y reflexionado me atrevería a aventurar que, por lo menos en el contexto que nos ocupa, “locura” es cualquier conducta que atenta contra nuestra propia conservación. Por eso el suicidio es considerado “locura” en prácticamente cualquier época, lugar y cultura. Locura era atreverse a insinuar siquiera un gesto de desaprobación contra el régimen soviético, y por eso muchos disidentes acabaron en los manicomios, en lugar de ir a las abundantes cárceles y campos de concentración. Locura era también poner en duda a las autoridades establecidas (y, tanto peor, llevarles la contraria) durante la era de dominio eclesiástico en el Medioevo y, en ciertos lugares, hasta bien entrado en S. XIX.

¿Cómo se consigue doblegar a la razón humana, sublime obsequio divino, hasta hacerla parecer locura? Mediante la amenaza y el castigo más brutal. Esto es: convirtiendo el uso de la razón, en una conducta que atenta contra nuestra propia conservación. Así es como debemos entender las escabrosas descripciones de los castigos infernales (¡eternos!) al uso en la época. Así es como debemos entender el tan cristiano y caritativo uso de la tortura y el fuego en esa época de miseria universal. Pues no olvidemos que la plebe padecía ya sin eso, de grandes calamidades: las pestes que asolaban el continente cada pocos años diezmando la población, las epidemias de todo tipo, las hambrunas, las guerras devastadoras… Una población tan sufrida, nacida y formada en la práctica constante de una supervivencia tenaz, no iba a asustarse con naderías. Para mantenerla sumisa y controlada eran menester pues, terrores por lejos mayores de los que ya conocían y a los que se habían habituado. Por eso las descripciones de castigos infernales y, simultáneamente, las penas físicas terrenales a las que se exponían los díscolos, eran tan monstruosas.

ReUnion mondiale laureati Universita' di Bologna

¿Qué es locura?

Locura sería hoy en día que un periodista, profesor, intelectual o político se atreviese a insinuar una opinión políticamente incorrecta. Porque este indiscreto o temerario arriesga su puesto, su carrera profesional, la tranquilidad de su familia, y muy posiblemente se expone a un linchamiento mediático. Lo cual significa que las inquisiciones modernas siguen imperando por la fuerza de la usurpación en las conciencias humanas. Solo que sus métodos y “teologías” han cambiado…

¿O quizás no tanto?

Tres autores, tres disciplinas, tres enfoques

 

Hoy tengo el placer de presentaros a tres autores de entre los cuales, quizás por lo menos un par os resultan desconocidos: Max Hastings, Sebastian Haffner y Ludwig von Mises. El primero es un periodista británico consagrado a la investigación histórica, el segundo es un abogado socialdemócrata alemán exiliado en el Reino Unido durante la era hitleriana, y el tercero es un economista austríaco de origen judío, emigrado a los Estados Unidos a consecuencia de la expansión hitleriana.
En principio, a los tres preocupan las mismas cuestiones que presumiblemente nos preocupen a todos: ¿realmente fue provocada por el atentado en Sarajevo?, ¿o hubieron causas más profundas y graves?, ¿podía evitarse?, y en tal caso, ¿quiénes debieron hacer qué a fin de evitarla? Y finalmente, ¿quién carga con la mayor cuota de culpa?

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Si se quiere contar con un panorama general, lo mejor será empezar leyendo a Max Hastings; ya que su libro “1914, el año de la catástrofe” es muy exhaustivo: sigue el día a día en todos los frentes (es decir: diplomático, político, doméstico y militar de las diversas potencias y naciones implicadas). Por otra parte y como bien lo indica el título de la obra, no esperéis un relato de la Guerra hasta su final en 1918: Hastings se limita pura y exclusivamente a 1914, desde antes del atentado (¿cómo y por qué llegó el archiduque hasta allí?) y hasta las últimas batallas de aquel año fatídico.
Es particularmente interesante el empeño que pone Hastings en mostrarnos lo que sucedía en el frente doméstico, o incluso en el frente militar a nivel de los combatientes implicados: cómo los meros soldados de la tropa o las simples amas de casa vivieron y sufrieron la guerra, sus horrores y estrecheces. Con un poco del sentido humano básico de la solidaridad o empatía por nuestra parte, podemos casi revivir la época mentalmente. Posiblemente se trata de su ventaja como periodista, ya que su famoso colega, Laurence Rees posee la misma virtud: puesto a reconstruir la Historia, no se fija solamente en las grandes personalidades que manejaron los hilos de la política o la guerra, sino en las personas comunes y corrientes del montón, aquellos que para los líderes eran desdeñables números en sus estadísticas, pero que para nosotros son los seres humanos de carne y hueso que debieron pagar por los delirios de grandeza de sus circunstanciales amos.
Hastings nos revela pues que no era imprescindible que el Archiduque viajara a Sarajevo aquel verano. Se habían recibido suficientes advertencias alarmantes como para cancelar la visita o cuando menos, adoptar todas las medidas de seguridad que no se adoptaron. Continuar adelante con la visita y en tal temeraria desprotección fue un acto de irresponsabilidad imperdonable. Pero incluso tras el atentado, la guerra seguía siendo perfectamente evitable. Fallaron los intentos diplomáticos; de hecho no hubo demasiada voluntad diplomática que digamos. Pesaban más las decisiones de los generales que las de los políticos, e incluso más que las de ambos Emperadores. Para peor, todos estaban seguros de tener una victoria fácil y con copioso botín al alcance de la mano. Luego, ¿para qué perseguir la paz?
Pero la guerra arruinó a todos, tanto vencedores como vencidos, y lo hizo con brutalidad desde el principio. Tal es el panorama que nos pinta Hastings. ¿Y el principal responsable? Las potencias centrales, por supuesto. Principalmente Alemania, pero también Austria que fue la iniciadora del alud. En ese sentido, Hastings lamenta especialmente la muerte del Archiduque: en su opinión, era la única persona realista y pragmática en la jerarquía austríaca cuya opinión podría haber servido de contrapeso al militarismo imperante. ¿Quién sabe? Quizás por eso su queridísimo tío se apresuró tanto en enviarlo a aquel volcán en erupción que eran los Balcanes…

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Haffner escribe su libro “Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial” en 1964, o sea mucho después de terminada la Segunda Guerra, cuando ya no caben dudas de las nefastas consecuencias de una y otra conflagración y cuando además, ha habido suficiente tiempo como para analizar los hechos y sacar conclusiones. Vale: las suyas son críticas a toro pasado, pero cualquier libro de Historia o reflexión sobre la misma se escribe después de los hechos. Más triste sería no detenerse a pensar jamás, seguir adelante a ciegas sin repasar la historia ni sacar las conclusiones pertinentes… Por otra parte, Haffner no es sospechoso de haber sido conformista: posiblemente su gran disgusto con “la manera alemana de hacer política” le venía desde lejos.
Haffner es un alemán “ario” de ideología socialdemócrata, que mantenía un romance con una mujer judía cuando el régimen hitleriano ascendió al poder. A diferencia de la inmensa mayoría de los varones arios contemporáneos, en lugar de quitarse el problema (es decir a su judía) de encima, permaneció fiel a su amante y emigró con ella a Inglaterra. Una vez allí se dedicó al periodismo, es decir a la propaganda antihitleriana de guerra, y se cambió el nombre a fin de evitar represalias a sus familiares que permanecían en Alemania. No obstante lo cual, regresó a su país a mediados de los ’50. Es decir, tampoco era un “antipatriota”. Por el contrario, da la impresión de amar a su país (quiero decir “a sus conciudadanos”, ya que el país es la gente, no el territorio) y de lamentar sobremanera los extravíos en que incurrió en el pasado, no solo a causa de la desastrosa conducción política de los dirigentes, sino también debido al inveterado desentendimiento civil por las cuestiones políticas que Haffner achaca a sus compatriotas de entonces.
Llegados a este punto de la reseña, supongo que es ocioso señalar que para Haffner, el principal responsable de la Guerra fue el desaforado y bravucón militarismo expansionista del imperio alemán. Un militarismo que según el autor, hunde sus raíces cuando menos en el período de Bismark. Y que encegueció a la cúpula militar a tal punto, que la condujo a cometer siete gravísimos errores, tan imperdonables que Haffner los considera “pecados”.

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Y por último, veamos qué novedad nos puede aportar un economista…
La economía es la ciencia de la actividad humana. ¿Se puede analizar cualquier suceso histórico a fondo, pasando por alto sus aspectos económicos, desde las causas hasta las consecuencias? ¿Sería un análisis completo? Yo pienso que no. Por eso es tan relevante el libro de Ludwig von Mises, “Nación, Estado y Economía”.
Escrito en 1919, no es en absoluto “a toro pasado”, ya que Mises pasó la Guerra como asesor económico en el Ministerio de la Guerra, sosteniendo las mismas opiniones que al final plasmó con su acostumbrada meticulosidad argumental en su libro, que además constituye la más temprana advertencia que me conste, haya realizado nadie respecto a dónde conducían ciertas políticas: Mises nos pone sobre aviso respecto de la próxima dictadura militarista alemana y la guerra mundial que todavía le seguiría, incluso antes de que Hitler se dedicase a la política. Vale decir que podría haber sido él como cualquier otro: los síntomas estaban presentes, a la vista de cualquier analista honesto y sagaz. Y Mises fue ambas cosas.
En este trabajo, Mises señala por sus nombres a tres males principales (amén de otros varios): el nacionalismo opresor por una parte, el proteccionismo arancelario y el intervencionismo estatal.
El Reich Alemán y todavía más el Imperio Austrohúngaro eran megaestados multinacionales. Eso generaba continuos conflictos internos, pero no por la multi-etnicidad en sí, sino por las políticas prepotentes de “Kulturkampf” pangermanista de los Gobiernos centrales. Estas políticas se traducían en una opresión continua de las “minorías” étnicas y religiosas, a las que se discriminaba abiertamente, se les imponía una enseñanza oficial obligatoria deliberadamente dirigida a “germanizarlos”, se les impedía de diversos modos la expresión en su lengua materna, etc.
El auge destructivo de los nacionalismos europeos de finales del S. XIX y del S. XX se podría haber mitigado en gran medida si los Estados hubiesen evitado entrometerse en absoluto en la vida cultural de sus súbditos. En principio, las minorías no habrían tenido por qué sentirse especialmente oprimidas si cada ciudadano hubiese tenido los mismos derechos y obligaciones que los demás, si sus creencias, costumbres e idioma hubiesen sido un mero asunto privado completamente irrelevante en la vida política, con los cuales ningún Poder monolítico y opresor se entromete. Si la ley es imparcial para todos, si el Gobierno no interfiere en la vida privada de los ciudadanos y les deja hacer a placer mientras no invadan el derecho ajeno, y si las tasas son moderadas y ecuánimes; ¿a quién cuernos importaría el detalle de si sus impuestos se los paga a un luterano que habla alemán, o a un católico que habla checo?
El proteccionismo aduanero o arancelario, con sus trabas burocráticas y su establecimiento artificial de los precios al alza, perjudica gravemente a las clases más desfavorecidas y, en general, acaba por empobrecer al país. Solo ganan con ello el par de monopolistas locales conchabados con un gobierno cada día más corrupto, quienes obtienen un mercado cautivo garantizado por la fuerza policial, y se lucran desmedidamente a cambio de pésimos productos o servicios que no resistirían la competencia honesta en un mercado abierto. Las economías nacionales se resienten, hay escasez, desempleo e inflación, y a la postre en palabras de Mises: “cuando los productos dejan de cruzar las fronteras, lo harán los ejércitos”. Las naciones acaban intentando conseguir por la fuerza de las armas aquellos recursos vitales que ya no pueden obtener mediante el comercio pacífico. En esta mentalidad de “nacionalismo económico” a ultranza, hunde sus raíces la famosa obsesión alemana por el “Lebensraum” que desembocó fatalmente en ambas contiendas mundiales.
Pero ese proteccionismo es a su vez la consecuencia inevitable de un intervencionismo económico estatal anterior, que mina la competitividad de las economías nacionales frente al mercado mundial pero que, al no querer renunciarse a ella, se intenta mitigar sus consecuencias mediante el cierre de las fronteras. El pueblo llano, desconocedor de las leyes económicas, se tranquiliza con la idea de que su Gobierno “hace algo”, de que por lo menos aquel lo “protege” de la perversa “voracidad” del demonizado “mercado global”. En realidad, estos gobiernos intervencionistas y proteccionistas conducen a sus pueblos gradualmente a una miseria mayor. Y como la pobreza genera malestar social, hay que salir a buscar un enemigo sobre el cual descargar las iras populares: lo más fácil y eficaz es buscar al enemigo afuera o, si se carece del suficiente poderío militar, señalar en el interior un presunto enemigo minoritario y débil, al cual se pueda oprimir y expoliar sin temor a represalias.
Lo que Mises nos enseña a lo largo de su temprano análisis político-económico de la situación europea en 1919, es que de hecho no estamos en absoluto a resguardo de nuevas conflagraciones monstruosas y genocidas como lo fueron las dos Guerras Mundiales. Ya que las políticas económicas y sociales de la práctica totalidad de los países del mundo siguen siendo, a la fecha, harto similares a las que, según su sagaz análisis, causaron los desastres del siglo pasado.

En esta oportunidad, me complazco mucho en daros a conocer un historiador alemán fuera de lo común, controvertido sin par, honesto y temerario como pocos nos ha dado la disciplina histórica: Götz Aly.
Desde nuestro primer encuentro en su primer libro editado en Español, “La utopía nazi”, me impresionó mucho y muy positivamente: lo que Aly desentraña a lo largo de su intensiva exposición de las fuentes documentadas recopiladas en todos los países europeos que de una u otra manera, cayeron bajo la esfera de influencia o el control alemán hitleriano (con la propia Alemania a la cabeza, obviamente), es de qué manera se sostuvo hasta agotar sus recursos, un sistema eminentemente socialista de expolio y reparto del botín.
Aquel libro de Aly, huelga decirlo, levantó ampollas por doquier: era un crudo retrato del Rey Desnudo en toda su grotesca desnudez. Yo misma coseché vituperios a granel cuando, allá por el 2007, me atreví a dedicarle un Post de análisis en mi primer y fenecido Blog.
El siguiente libro suyo que me tocó leer, no hizo sino aumentar mi admiración por él. Este solitario e idealista Quijote “ario” de la Historia, decidió dirigir su artillería contra un tema que sigue siendo tabú en la Alemania contemporánea: la participación cómplice y en ocasiones colaborativa de la sociedad de la época, en el programa de eutanasia hitleriano. En “Los que sobraban”, Aly mete el dedo en una llaga que continúa abierta por el simple hecho de que hasta ahora ha sido negada.
En su opinión, no existe alemán que no tenga entre sus parientes, los de sus amigos o los de sus vecinos, algún miembro “ario” eliminado en aquellos años por haber sido hallado “no apto para la vida”. Él mismo sabe de un caso en su propia familia. Se trató de una horrenda agresión del pueblo alemán en contra de sí mismo: por eso duele más, por eso es más difícil de asumir, por eso no se asumió y la herida continúa sin reconocer y por ende, sin curar.
Pero el libro que os traigo hoy en particular es el último que conseguí leer. Anterior al de la eutanasia, no pude conseguirlo en su momento pese a que intenté encargarlo en numerosas oportunidades. Yo llegaba siempre tarde, cuando ya estaba agotado. Así pasó un año y otro, ya había perdido la esperanza de conseguirlo, hasta que mi librero, en tren de retirarse del negocio, me envía un correo-e comentándome que el libro se acaba de reeditar, y si “quizás me interesa”. Pues sí, obvio, lo encargué en el acto, y él alcanzó a recibirlo en los últimos días previos al cierre. De modo que helo aquí:

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Libro: “¿Por qué los alemanes? ¿Por qué los judíos?”
Autor: Götz Aly
Editorial: Crítica, Barcelona, 2015 (tapa blanda)
Enlace Web: http://www.planetadelibros.com/por-que-los-alemanes-por-que-los-judios-libro-197947.html

Quizás no sea la más rigurosa de las obras de Aly en el sentido metodológico: la amplitud y el trato de las fuentes es muy diferente a sus otros trabajos. De hecho, más que un libro de Historia, es un libro de Reflexión sobre la Historia. No trata de ser otra cosa, y como tal debe leerse y reflexionarse a su vez. Y en consecuencia, sirve para pensar no solo en el caso alemán, sino en otros eventos históricos similares en diversos lugares y épocas, que comparten el mismo letal trasfondo corrosivo de lo que él llega a identificar como el principal motor de la masacre: la envidia.
Este es un libro al que conviene allegarse contando con un conocimiento lo más amplio posible de los acontecimientos aludidos, ya que él no los narra: los analiza dándolos por sabidos. Quizás será muy útil complementarlo además con otro enfoque, también profundamente reflexivo, de Carl Amery: “Auschwitz, ¿comienza el S. XXI?”. Amery es otro alemán “ario” de posguerra que trata de entender, más allá de los clichés, el enorme crimen masivo que su nación cometió en aquel entonces. Sin embargo, lo que más preocupa a Amery es la plena vigencia, difusión y aceptación actual de ideologías y métodos íntimamente emparentados con los causantes las grandes masacres del S. XX. En palabras del propio Amery:

“Pol Pot compartía decididamente la opinión de Hitler. Stalin y Mao Tse-Tung seguramente también, aunque no lo admitiesen, pero sus métodos iban en la misma dirección… Drácula sigue vivo bajo los escombros del sótano. O bien deambula cual fantasma con nuevos disfraces… Y la aprobación expresa o tácita siempre se produce en el marco de una componenda…: libertad y dignidad contra seguridad… Auschwitz fue… una anticipación aún primitiva de una opción posible del siglo que comienza.”

Götz Aly, presumiblemente sin haber leído a Amery (no lo cita entre sus numerosas fuentes), da un paso más allá de la similitud ideológico-metodológica existente entre las diversas doctrinas despóticas, liberticidas, colectivistas y genocidas del expolio y el reparto del botín. Señala por su nombre al vicio humano primitivo que las sustenta, que provee a esos monstruos enemigos de la Humanidad, de continuos y abundantes adoradores incondicionales en el mundo entero: el nefando pero universal defecto de la envidia. Es la envidia, incluso más que el odio, la raíz de todos los males. Ya que la envidia es el explosivo combustible de ese odio. En palabras de Aly:

“La envidia destruye la convivencia social, mina la confianza, provoca agresividad, promueve el imperio de la sospecha e induce a las personas a aumentar su autoestima humillando a los demás… Los envidiosos se autointoxican, están cada vez más insatisfechos y se vuelven todavía más hostiles… El éxito ajeno les consume… Se erigen a sí mismos en seres decentes y moralmente superiores… El envidioso no aspira a imitar al envidiado… sus energías las dirige a la destrucción de la felicidad ajena.”

Ahora bien: dado que la envidia no es ningún defecto privativamente alemán, sino común a la naturaleza humana universal; debemos enfrentarnos al incómodo hecho de que, a pesar de la traumática sacudida que constituyeron las multitudinarias masacres cometidas durante la WW-II en todos los frentes, no somos en absoluto inmunes al virus de la destrucción genocida. De hecho, masacres masivas se han cometido con frecuencia en el pasado remoto, se siguieron cometiendo durante el siglo XX en los regímenes carniceros arriba mencionados por Amery y en muchos otros, y se siguen perpetrando por doquier, aunque la prensa calle la mayoría de ellos y, por ende, tendamos a olvidarlos.
Es triste concluir que tanta sangre inocente haya sido derramada en balde, porque nadie haya aprendido nada en ninguna parte todavía. Nuestro compromiso personal ha de ser pues, permanecer siempre en guardia: y jamás pero jamás apoyar con la presencia, la voz o el voto a ninguna ideología fundamentada en la envidia, que lo son todas aquellas que en la práctica, propugnan el expolio y el reparto del botín. Así sean predicadas mediante los discursos más floridos.

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Nunca, pero nunca soñé que disfrutaría tanto leyendo un libro sobre un suceso de la Historia Universal salido de la pluma de un autor español, y a semejante nivel. En la misma línea en boga las últimas décadas, de los periodistas que se dedican a la Historia con muy buen tino, como son Max Hastings o Laurence Rees (y otros) entre mis favoritos, no solo que Pedro J. Ramírez puede situarse sin desmedro en su honrosa compañía, sino que en mi opinión, incluso los supera por lejos.
El libro de Ramírez, pese a abarcar los sucesos acontecidos a lo largo de apenas cinco meses (desde el primero de Enero hasta el final de Mayo de 1793), es tan exhaustivo que consta de unas 1090 páginas de texto principal, más 160 páginas de notas interesantísimas; a lo largo de las cuales el autor va siguiendo y describiendo los sucesos al detalle, prácticamente minuto a minuto, mejor que si fuese un cronista contemporáneo. Incluso antes de leer sus fuentes citadas al final, en cada línea se aprecia que ha realizado una monumental labor de investigación previa, buscando y recopilando la información en todas las fuentes primarias disponibles; como ser las actas de todas las asambleas (Convención, Jacobinos, Cordeleros, Ayuntamiento, etc), la producción editorial de todos los periódicos de la época, de unas y otras tendencias, más las memorias de todos aquellos participantes del drama que pudieron o tuvieron a bien redactar sus memorias. Ha leído también a los más grandes analistas del período en cuestión, cuyas opiniones cita en ocasiones, a veces para argumentar contra ellas a continuación, en cuyo caso ganamos un par de enfoques analíticos diferentes.
No obstante, lo más habitual es que el autor se limite a desglosar los hechos, y ya nosotros mismos decidiremos formarnos nuestra opinión personal. Ganamos entonces la ventaja de que podemos opinar una vez que hemos visto expuesta la baraja al completo sobre la mesa. Lo que se llama opinar con fundamento.
Tengo muchos libros de Historia escritos por autores españoles; pero tengo que decir que al final son algo cansinos, ya que es muy raro sacarlos de España. Quiero decir: se suelen limitar a la historia local exclusivamente, regla tediosa que suele incluir hasta a los mejores autores, los más serios e interesantes, con contadísimas excepciones. Lo que significa que los autores españoles que honran mi biblioteca, están allí para ofrecerme títulos sobre aquellos aspectos de la historia española por los cuales me he interesado: como ser las expulsiones de judíos y musulmanes, la inquisición, la semana trágica, la segunda república, la guerra civil, y el período franquista. En cambio, al buscar material sobre temas de historia universal: como ser historia de la China imperial, de la URSS, Mao, la Segunda Guerra Mundial, etc, etc, etc, en esos casos es casi obvio que deberé leer libros traducidos de otros autores, en ocasiones franceses o alemanes, más generalmente británicos y norteamericanos. Ellos son más proclives a interesarse por todo sobre todo, lo mismo yo, no se encierran en su propia y encorsetada historia nacional. Por eso, además que por su nivel impresionante, es que Pedro J. Ramírez me ha sorprendido tan profunda y gratamente con este libro. En síntesis, deberé didicarle el mejor elogio que un Ratón de Biblioteca puede dictaminar sobre un libro: lo leí sobre ascuas, era muy difícil interrumpir la lectura, es de esos libros que te atrapan hasta el final, pero cuando por fin los concluyes, lo sientes como una pérdida y te dices: “¡qué lástima que no siga más!”
Pues eso: dado que el libro, muy merecidamente, va ya por su quinta edición, yo espero que eso estimule a su autor y nos dedique una continuación. El tomo siguiente con el “y qué pasó después”.

El Talmud no es ni ha sido jamás un libro hermético ni secreto. Sí ha sido poco accesible a lo largo de las generaciones, a causa de haber sido redactado en un idioma prácticamente desconocido por el público no-judío, como lo es el Arameo. Sin embargo, goza o adolece (según se mire) de cierto halo de misterio, inducido más que nada por los diversos líbelos de que fue víctima con el devenir de la Historia. Líbelos de origen eclesiástico primero, y líbelos de origen judeófobo-nazista más tarde.

Quema del Talmud

Quema del Talmud

Espero que disfruteis el documental, y que contribuya a quitaros muchas intrigas.

Ver y/o descargar (gratis) en StageVu: El Talmud.