Vivimos anhelando el descanso, pero cuando por fin llega, el descanso nos mata. Reclamamos una “justa distribución” de la riqueza, pero olvidamos que mucho antes de repartirla, a la riqueza hay que crearla; y que a nadie le interesa producir nada, bajo la perspectiva de que se lo quitarán. Pontificamos contra el egoísmo, pero nuestros ojos están obsesivamente fijos en los bienes ajenos. Nos salteamos alevosamente el mandamiento de “no codiciarás”, y con soberbia proclamamos que ahora es el expolio, nuestro ideal. Todos echamos airados lodos contra la telebasura, y en eso estamos de multitudinario acuerdo, y sin embargo sus programas siguen punteros en audiencia. Denostarla a voces y consumirla en recogido silencio: eso es hipocresía.

Cada cual piensa que “la sociedad” está enferma, que “la sociedad” tal, “la sociedad” cual, que “todos somos responsables” de esto y aquello; pero al así pontificar, cada cual se borra a sí mismo de la cuenta: “la sociedad” son los demás; “todos” son todos menos el propio iluminado que predica su sermón. Y como “todos” no es nadie en particular, y “la sociedad” como entidad independiente, identificable y responsabilizable no existe, los presuntos “problemas sociales” persisten como buena excusa para los prepotentes de turno, que en nombre de sus “buenas intenciones” nos expolian y oprimen sin piedad, y pretendiendo arreglar los viejos crean montañas de problemas nuevos.

Pero, impenitentes inveterados, proclamamos de inmediato que hay que cambiar los ejecutores, y darle a la idea una nueva oportunidad. Porque nuestra arrogante superioridad moral nos impide reconocer que nos hemos equivocado, que hemos construido un nuevo becerro que ni siquiera es de oro, si de puro aire y promesas vanas.

Cuando la bondad se impone a punta de pistola, se convierte en cicatería. Cuando el altruismo es obligado bajo la bota del comisario político, se convierte en apatía, desánimo e inacción. Pero el fallo no está los ejecutores; no es que estos sean corruptos, y que otros mejores lo harán mejor. Es que no se puede combatir el alma humana sin destruirla. Y es que si destruyes el espíritu humano, aunque lo llames ideal, lo tuyo es misantropía. Y ninguna sociedad perfecta surgirá de tal ruina, sino una masa informe de fantasmagóricos autómatas grises, esclavos sumisos y temerosos que aunque sonrían por obligación, desconocen qué es la felicidad.

Una sociedad sin quejas es una sociedad aniquilada, aplastada, destrozada y sin vida. Porque el hombre mientras vive aspira a más, y mientras aspire a más, estará siempre disconforme. La conformidad impuesta es la muerte espiritual: por eso los infiernos de miseria vilmente sometidos por los látigos de un puñado de rufianes, son “punteros” en esos amañados “índices de realización humana”.

Y esto pasa porque hemos hecho de la envidia, ese vicio mortal que corroe las entrañas y destruye la vida, una virtud bajo cuya enseña nos aglutinamos. Utilizamos nuestra libertad para combatirla, y así la vamos reduciendo día a día, pero no cejamos. Tenemos ya cantidades de Imperios de las Botas y los Látigos, pero no estamos conformes: queremos más. No para nosotros, sino para los demás. Si los quisiésemos para nosotros, nada más fácil que trasladarnos a esos paraísos de la humanidad gris, miserable y aplastada. Pero no: los queremos para el vecino, a condición de que el látigo lo esgrimamos nosotros. Porque a nosotros atañe imponer, porque somos nosotros y no ellos los idealistas, los concienciados, los amos de la superioridad moral. Porque así es el envidioso: pedirá feliz que le amputen un ojo, si a cambio al vecino le arrancarán los dos.

Escuchaba a Julio Sosa interpretando a Enrique Santos y me pregunté qué diría el maestro pues, si tuviese que describir nuestra época. Y es así como nació esta abrumada reflexión… Aunque me dejé mucha tinta en el tintero.

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