Contrariamente a lo que me suele suceder, en esta ocasión tuve la grata oportunidad de ver la película primero, y leer el libro después; lo cual constituye sin lugar a dudas el orden más provechoso. Cualquier lector empedernido sabe que ver una película tras leer su correspondiente libro es receta segura para la decepción. Tanto más tratándose de una peli tan deprimente…

El drama se desarrolla en la baja edad media, y trata de reflejar las inquietudes de su época. Su héroe, un Baskerville sin sabueso y en el papel de proto-Sherlock (es evidente que Eco admira a Doyle, y ha recreado incluso a Watson en su novicio “Adso”, nombre abreviado de pronunciación harto similar), es sagaz en su método criminológico-detectivesco, pese a lo cual no deja de estar lleno de dudas en los aspectos teológicos. Que son a mi entender, el tema principal del relato. Quiero decir, que la trama de crímenes misteriosos y la lenta marcha hacia su resolución no son sino una excusa, como un lienzo sirve de base para pintar un paisaje sobre él.

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¿Cuál es el límite entre la herejía y la santidad? ¿Quién lo establece? ¿En base a qué? ¿Movido por qué intereses? ¿Es la risa buena o mala? ¿Es lícito dudar? ¿Y qué lugar deben ocupar la razón y la lógica en el proceso del conocimiento humano? ¿Son obsequios divinos que debemos utilizar con gratitud, o meros escollos que nos impiden alcanzar una fe pura y sin mácula? Además, ¿qué es satánico y qué es divino? O como lo diríamos nosotros, ¿quién es bueno y quién es malo? En suma, ¿con quién está la justicia?

En nuestra era de descreimiento y relativismo moral, estas nos parecerían ociosas discusiones bizantinas; pero recordemos que por entonces eran considerados asuntos sumamente serios que atormentaban a los monjes, tanto al personaje principal como a sus rivales, los cuales debaten y esgrimen sus argumentos con una vehemente agudeza no exenta de acritud.

Pero amén de las cuestiones directamente planteadas por los eruditos en sus escolásticos debates, hay otras más profundas que el lector puede percibir intuitivamente en el fondo. Como la cuestión del poder, la autoridad, la jerarquía, los métodos mediante los cuales se imponen aquellos, y su licitud o ilicitud. Es especialmente patente en el tema del miedo: ¿cuál es el objeto de aterrorizar a una población harto sufrida, con escabrosas escenas de presuntos castigos infernales? Y este método de amedrentamiento mediante la promesa de castigos “espirituales” futuros o la amenaza de castigos presentes palpables y físicos (léase, procesos y hogueras inquisitoriales), ¿realmente este método consigue a la larga sus fines declarados?

Alguien en esta abadía ha usurpado por la fuerza, la autoridad de decidir y gobernar sobre las conciencias ajenas, recurriendo a artilugios materiales cuestionables cuando la amenaza de castigos espirituales fracasa en mantenerlos alejados de la fuente de la duda, la risa y el conocimiento “herético”. Quien busca acceder a la ciencia “prohibida” (prohibida por este siniestro usurpador), se expone a tener visiones espectrales rayanas en la locura y a sufrir una muerte macabra. Lo que en última instancia, nos compele a reflexionar acerca de la locura.

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¿Qué es la locura?

Yo no soy ninguna experta en nada, sino tan solo una lectoaficionada (aficionada a la lectura). Pero en base a lo que llevo leído y reflexionado me atrevería a aventurar que, por lo menos en el contexto que nos ocupa, “locura” es cualquier conducta que atenta contra nuestra propia conservación. Por eso el suicidio es considerado “locura” en prácticamente cualquier época, lugar y cultura. Locura era atreverse a insinuar siquiera un gesto de desaprobación contra el régimen soviético, y por eso muchos disidentes acabaron en los manicomios, en lugar de ir a las abundantes cárceles y campos de concentración. Locura era también poner en duda a las autoridades establecidas (y, tanto peor, llevarles la contraria) durante la era de dominio eclesiástico en el Medioevo y, en ciertos lugares, hasta bien entrado en S. XIX.

¿Cómo se consigue doblegar a la razón humana, sublime obsequio divino, hasta hacerla parecer locura? Mediante la amenaza y el castigo más brutal. Esto es: convirtiendo el uso de la razón, en una conducta que atenta contra nuestra propia conservación. Así es como debemos entender las escabrosas descripciones de los castigos infernales (¡eternos!) al uso en la época. Así es como debemos entender el tan cristiano y caritativo uso de la tortura y el fuego en esa época de miseria universal. Pues no olvidemos que la plebe padecía ya sin eso, de grandes calamidades: las pestes que asolaban el continente cada pocos años diezmando la población, las epidemias de todo tipo, las hambrunas, las guerras devastadoras… Una población tan sufrida, nacida y formada en la práctica constante de una supervivencia tenaz, no iba a asustarse con naderías. Para mantenerla sumisa y controlada eran menester pues, terrores por lejos mayores de los que ya conocían y a los que se habían habituado. Por eso las descripciones de castigos infernales y, simultáneamente, las penas físicas terrenales a las que se exponían los díscolos, eran tan monstruosas.

ReUnion mondiale laureati Universita' di Bologna

¿Qué es locura?

Locura sería hoy en día que un periodista, profesor, intelectual o político se atreviese a insinuar una opinión políticamente incorrecta. Porque este indiscreto o temerario arriesga su puesto, su carrera profesional, la tranquilidad de su familia, y muy posiblemente se expone a un linchamiento mediático. Lo cual significa que las inquisiciones modernas siguen imperando por la fuerza de la usurpación en las conciencias humanas. Solo que sus métodos y “teologías” han cambiado…

¿O quizás no tanto?

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