Tres autores, tres disciplinas, tres enfoques

 

Hoy tengo el placer de presentaros a tres autores de entre los cuales, quizás por lo menos un par os resultan desconocidos: Max Hastings, Sebastian Haffner y Ludwig von Mises. El primero es un periodista británico consagrado a la investigación histórica, el segundo es un abogado socialdemócrata alemán exiliado en el Reino Unido durante la era hitleriana, y el tercero es un economista austríaco de origen judío, emigrado a los Estados Unidos a consecuencia de la expansión hitleriana.
En principio, a los tres preocupan las mismas cuestiones que presumiblemente nos preocupen a todos: ¿realmente fue provocada por el atentado en Sarajevo?, ¿o hubieron causas más profundas y graves?, ¿podía evitarse?, y en tal caso, ¿quiénes debieron hacer qué a fin de evitarla? Y finalmente, ¿quién carga con la mayor cuota de culpa?

Hastings_1914
Si se quiere contar con un panorama general, lo mejor será empezar leyendo a Max Hastings; ya que su libro “1914, el año de la catástrofe” es muy exhaustivo: sigue el día a día en todos los frentes (es decir: diplomático, político, doméstico y militar de las diversas potencias y naciones implicadas). Por otra parte y como bien lo indica el título de la obra, no esperéis un relato de la Guerra hasta su final en 1918: Hastings se limita pura y exclusivamente a 1914, desde antes del atentado (¿cómo y por qué llegó el archiduque hasta allí?) y hasta las últimas batallas de aquel año fatídico.
Es particularmente interesante el empeño que pone Hastings en mostrarnos lo que sucedía en el frente doméstico, o incluso en el frente militar a nivel de los combatientes implicados: cómo los meros soldados de la tropa o las simples amas de casa vivieron y sufrieron la guerra, sus horrores y estrecheces. Con un poco del sentido humano básico de la solidaridad o empatía por nuestra parte, podemos casi revivir la época mentalmente. Posiblemente se trata de su ventaja como periodista, ya que su famoso colega, Laurence Rees posee la misma virtud: puesto a reconstruir la Historia, no se fija solamente en las grandes personalidades que manejaron los hilos de la política o la guerra, sino en las personas comunes y corrientes del montón, aquellos que para los líderes eran desdeñables números en sus estadísticas, pero que para nosotros son los seres humanos de carne y hueso que debieron pagar por los delirios de grandeza de sus circunstanciales amos.
Hastings nos revela pues que no era imprescindible que el Archiduque viajara a Sarajevo aquel verano. Se habían recibido suficientes advertencias alarmantes como para cancelar la visita o cuando menos, adoptar todas las medidas de seguridad que no se adoptaron. Continuar adelante con la visita y en tal temeraria desprotección fue un acto de irresponsabilidad imperdonable. Pero incluso tras el atentado, la guerra seguía siendo perfectamente evitable. Fallaron los intentos diplomáticos; de hecho no hubo demasiada voluntad diplomática que digamos. Pesaban más las decisiones de los generales que las de los políticos, e incluso más que las de ambos Emperadores. Para peor, todos estaban seguros de tener una victoria fácil y con copioso botín al alcance de la mano. Luego, ¿para qué perseguir la paz?
Pero la guerra arruinó a todos, tanto vencedores como vencidos, y lo hizo con brutalidad desde el principio. Tal es el panorama que nos pinta Hastings. ¿Y el principal responsable? Las potencias centrales, por supuesto. Principalmente Alemania, pero también Austria que fue la iniciadora del alud. En ese sentido, Hastings lamenta especialmente la muerte del Archiduque: en su opinión, era la única persona realista y pragmática en la jerarquía austríaca cuya opinión podría haber servido de contrapeso al militarismo imperante. ¿Quién sabe? Quizás por eso su queridísimo tío se apresuró tanto en enviarlo a aquel volcán en erupción que eran los Balcanes…

Haffner_Sietepecados

Haffner escribe su libro “Los siete pecados capitales del Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial” en 1964, o sea mucho después de terminada la Segunda Guerra, cuando ya no caben dudas de las nefastas consecuencias de una y otra conflagración y cuando además, ha habido suficiente tiempo como para analizar los hechos y sacar conclusiones. Vale: las suyas son críticas a toro pasado, pero cualquier libro de Historia o reflexión sobre la misma se escribe después de los hechos. Más triste sería no detenerse a pensar jamás, seguir adelante a ciegas sin repasar la historia ni sacar las conclusiones pertinentes… Por otra parte, Haffner no es sospechoso de haber sido conformista: posiblemente su gran disgusto con “la manera alemana de hacer política” le venía desde lejos.
Haffner es un alemán “ario” de ideología socialdemócrata, que mantenía un romance con una mujer judía cuando el régimen hitleriano ascendió al poder. A diferencia de la inmensa mayoría de los varones arios contemporáneos, en lugar de quitarse el problema (es decir a su judía) de encima, permaneció fiel a su amante y emigró con ella a Inglaterra. Una vez allí se dedicó al periodismo, es decir a la propaganda antihitleriana de guerra, y se cambió el nombre a fin de evitar represalias a sus familiares que permanecían en Alemania. No obstante lo cual, regresó a su país a mediados de los ’50. Es decir, tampoco era un “antipatriota”. Por el contrario, da la impresión de amar a su país (quiero decir “a sus conciudadanos”, ya que el país es la gente, no el territorio) y de lamentar sobremanera los extravíos en que incurrió en el pasado, no solo a causa de la desastrosa conducción política de los dirigentes, sino también debido al inveterado desentendimiento civil por las cuestiones políticas que Haffner achaca a sus compatriotas de entonces.
Llegados a este punto de la reseña, supongo que es ocioso señalar que para Haffner, el principal responsable de la Guerra fue el desaforado y bravucón militarismo expansionista del imperio alemán. Un militarismo que según el autor, hunde sus raíces cuando menos en el período de Bismark. Y que encegueció a la cúpula militar a tal punto, que la condujo a cometer siete gravísimos errores, tan imperdonables que Haffner los considera “pecados”.

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Y por último, veamos qué novedad nos puede aportar un economista…
La economía es la ciencia de la actividad humana. ¿Se puede analizar cualquier suceso histórico a fondo, pasando por alto sus aspectos económicos, desde las causas hasta las consecuencias? ¿Sería un análisis completo? Yo pienso que no. Por eso es tan relevante el libro de Ludwig von Mises, “Nación, Estado y Economía”.
Escrito en 1919, no es en absoluto “a toro pasado”, ya que Mises pasó la Guerra como asesor económico en el Ministerio de la Guerra, sosteniendo las mismas opiniones que al final plasmó con su acostumbrada meticulosidad argumental en su libro, que además constituye la más temprana advertencia que me conste, haya realizado nadie respecto a dónde conducían ciertas políticas: Mises nos pone sobre aviso respecto de la próxima dictadura militarista alemana y la guerra mundial que todavía le seguiría, incluso antes de que Hitler se dedicase a la política. Vale decir que podría haber sido él como cualquier otro: los síntomas estaban presentes, a la vista de cualquier analista honesto y sagaz. Y Mises fue ambas cosas.
En este trabajo, Mises señala por sus nombres a tres males principales (amén de otros varios): el nacionalismo opresor por una parte, el proteccionismo arancelario y el intervencionismo estatal.
El Reich Alemán y todavía más el Imperio Austrohúngaro eran megaestados multinacionales. Eso generaba continuos conflictos internos, pero no por la multi-etnicidad en sí, sino por las políticas prepotentes de “Kulturkampf” pangermanista de los Gobiernos centrales. Estas políticas se traducían en una opresión continua de las “minorías” étnicas y religiosas, a las que se discriminaba abiertamente, se les imponía una enseñanza oficial obligatoria deliberadamente dirigida a “germanizarlos”, se les impedía de diversos modos la expresión en su lengua materna, etc.
El auge destructivo de los nacionalismos europeos de finales del S. XIX y del S. XX se podría haber mitigado en gran medida si los Estados hubiesen evitado entrometerse en absoluto en la vida cultural de sus súbditos. En principio, las minorías no habrían tenido por qué sentirse especialmente oprimidas si cada ciudadano hubiese tenido los mismos derechos y obligaciones que los demás, si sus creencias, costumbres e idioma hubiesen sido un mero asunto privado completamente irrelevante en la vida política, con los cuales ningún Poder monolítico y opresor se entromete. Si la ley es imparcial para todos, si el Gobierno no interfiere en la vida privada de los ciudadanos y les deja hacer a placer mientras no invadan el derecho ajeno, y si las tasas son moderadas y ecuánimes; ¿a quién cuernos importaría el detalle de si sus impuestos se los paga a un luterano que habla alemán, o a un católico que habla checo?
El proteccionismo aduanero o arancelario, con sus trabas burocráticas y su establecimiento artificial de los precios al alza, perjudica gravemente a las clases más desfavorecidas y, en general, acaba por empobrecer al país. Solo ganan con ello el par de monopolistas locales conchabados con un gobierno cada día más corrupto, quienes obtienen un mercado cautivo garantizado por la fuerza policial, y se lucran desmedidamente a cambio de pésimos productos o servicios que no resistirían la competencia honesta en un mercado abierto. Las economías nacionales se resienten, hay escasez, desempleo e inflación, y a la postre en palabras de Mises: “cuando los productos dejan de cruzar las fronteras, lo harán los ejércitos”. Las naciones acaban intentando conseguir por la fuerza de las armas aquellos recursos vitales que ya no pueden obtener mediante el comercio pacífico. En esta mentalidad de “nacionalismo económico” a ultranza, hunde sus raíces la famosa obsesión alemana por el “Lebensraum” que desembocó fatalmente en ambas contiendas mundiales.
Pero ese proteccionismo es a su vez la consecuencia inevitable de un intervencionismo económico estatal anterior, que mina la competitividad de las economías nacionales frente al mercado mundial pero que, al no querer renunciarse a ella, se intenta mitigar sus consecuencias mediante el cierre de las fronteras. El pueblo llano, desconocedor de las leyes económicas, se tranquiliza con la idea de que su Gobierno “hace algo”, de que por lo menos aquel lo “protege” de la perversa “voracidad” del demonizado “mercado global”. En realidad, estos gobiernos intervencionistas y proteccionistas conducen a sus pueblos gradualmente a una miseria mayor. Y como la pobreza genera malestar social, hay que salir a buscar un enemigo sobre el cual descargar las iras populares: lo más fácil y eficaz es buscar al enemigo afuera o, si se carece del suficiente poderío militar, señalar en el interior un presunto enemigo minoritario y débil, al cual se pueda oprimir y expoliar sin temor a represalias.
Lo que Mises nos enseña a lo largo de su temprano análisis político-económico de la situación europea en 1919, es que de hecho no estamos en absoluto a resguardo de nuevas conflagraciones monstruosas y genocidas como lo fueron las dos Guerras Mundiales. Ya que las políticas económicas y sociales de la práctica totalidad de los países del mundo siguen siendo, a la fecha, harto similares a las que, según su sagaz análisis, causaron los desastres del siglo pasado.

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