Yanushka era un huérfano de la guerra cuando llegó a la granja, solo pero no desamparado. Se tenía a sí mismo: a sus nueve años era de esa clase de niños madurados precozmente, muy resuelto y dueño de sí.
Le asignaron sus tareas como a todos los demás, y se abocó a cumplirlas con esmero. Pero casi de inmediato notó que el trabajo… no solo el suyo sino en general: el trabajo de aquella granja era desesperadamente ineficiente. Y no necesitó pensarlo mucho para encontrar la causa: ¡faltaba un tractor! ¿Cómo realizar las labores granjeriles sin tractor?
¡Pero había un tractor! No importaba hacia dónde se dirigiese, Yanushka siempre lo veía allí, contrastando contra un fondo de malezas ralas del camino desgreñado: rojo y con vetas de óxido, pero imponente en su apariencia de sólida mecánica.
-Déjalo, jovencito. No funciona –le desanimó con cansada apatía uno de esos típicos viejos del lugar, la clásica cáscara gris y agrietada que parece moverse apenas sí por inercia, porque alguien le dio un pequeño empujoncito en el día de nacer.
Pero al tercer día de su estancia en la granja, Yanushka decidió comprobarlo por sí mismo. Su padre le había enseñado a conducirlos, así que se encaramó al tractor con la agilidad del experto, lo puso en marcha y el rojo armatoste le respondió. ¡Sí funcionaba! Yanushka sentía que tocaba el cielo con las manos. Se puso a recorrer la granja, victorioso sobre su enorme y ruidoso tractor rojo. Pero cuando quiso aparcarlo comprendió por fin la apática objeción del viejo: aquel monstruo era incapaz de detenerse.
-¡No tiene frenos! –Se dijo Yanushka con espanto- Si no consigo frenarlo, mataré a alguien o me lastimaré yo.
Sin embargo, enseguida encontró la solución: por supuesto, a partir de ahora evitaría acelerarlo. Pero además empezó a conducirlo por terrenos accidentados, de modo que los obstáculos del camino lo fuesen deteniendo gradualmente. Al final, con paciencia no exenta de tensión contenida, lo consiguió. Se apeó de inmediato y salió en busca de un mecánico…
Pronto y sin necesidad de alejarse demasiado, lo encontró en su propia granja. Pero, para su decepción, al instante constató que aquel no estaba por la labor. ¿Para qué molestarse? Aquí, cada cual tenía una limitada y restringida asignación de responsabilidades, un cupo mínimo que cumplir al cual se atenían. Nadie movía un dedo por hacer nada adicional. Y a él no le pagarían ni un centavo de más por reparar los frenos del tractor. Luego, ¿para qué molestarse? Pero si Yanushka le pagaba, entonces lo haría con gusto.
No. Yanushka no podía pagar. No tenía con qué hacerlo. No tenía nada, salvo las migajas de pan, la sopa amarga y el frío alojamiento que le daban a cambio de su trabajo, como a todos los demás. Y además, ¿por qué debería pagar él solo y de su propio esfuerzo, algo de lo que posiblemente, de inmediato se aprovecharían todos los demás? De súbito entendió el secreto de la supervivencia: limitarse a las tareas asignadas, cumplirlas con lo justo y holgar a continuación. Porque cualquier esfuerzo adicional que hiciera no redundaría en beneficio propio, sino que serviría para alimentar a los infaltables enjambres de parásitos merodeadores procedentes de la ciudad. Trabajara mucho o poco, a él no le darían más que su cupo establecido. Luego, no valía la pena esforzarse más.
Así fue como Yanushka, huérfano de la guerra, en la gran batalla emprendida por el régimen contra el espíritu humano, perdió. No ya los frenos, sino el motor. Y a su precoz edad de nueve años se transformó en un tierno calco de aquel viejo gris y ajado, uno de esos seres que se mueven apenas sí por inercia, porque alguien les dio un pequeño empujoncito en el día de nacer…

Anuncios